10.4.14

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Ya nadie ama los odios ajenos, se volvieron todos locos. ¿Quién quiere amar a alguien que no pueda odiar algún detalle de uno mismo, como el desorden que tiene abajo de la cama o el ruido que hace para preparar un café? Entre tres décimas de segundo de sonrisa violenta con las uñas clavadas, y tu foto abajo de la palmera del pacífico posando una carcajada, hay un abismo. Y yo sé con cual me quedo. Aunque me muera del odio las otras ochocientas sesenta y tres mil novecientas noventa y siete décimas de segundo del día.

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